
Creo conveniente comenzar esta reseña citando las últimas palabras de Jésica Gorosito en la sinopsis de la contratapa: «imposible de soltar». Y no podría estar más de acuerdo. Esta es una historia que atrapa desde el principio hasta el final.
El viaje de Trinidad Aguirre, quien regresa a su Buenos Aires natal después de tres décadas, es una aventura que, en mayor o menor medida, todos podemos sentir como propia. La narración logra calibrar con maestría la dosis justa de información, entrelazando con naturalidad el pasado y el presente de la protagonista. ¡Qué bien nos hace viajar al pasado cuando todo parece empujarnos a olvidar o fingir que ciertos episodios nunca existieron! Admiro a esta Trinidad llena de dudas, con sus sufrimientos silenciosos y secretos, sus excusas perfectas para quedarse en la comodidad del Sur. Pero, a pesar de todo, elige enfrentarse a sus problemas y ponerse en marcha.
Como lector, no puedo evitar disfrutar cuando los libros me llevan de viaje. Quizás porque mi realidad económica no se parece a la de la acomodada familia de origen de Trinidad, aprecio profundamente aquellas historias que me permiten recorrer paisajes desconocidos, deteniéndose en detalles de avenidas, aromas, y formas de ser que me enriquecen dándome información sobre esa experiencia que aún no me es posible. Este libro, sin dudas, cumple con creces esas expectativas. Andrea consigue ofrecernos esos detalles con equilibrio, sin abrumar, pero logrando que cada lugar cobre vida. Sé que «dosis justa» es algo subjetivo, pero, después de todo, una reseña es también una construcción subjetiva, ¿verdad? Gracias, Andrea, por transportarme al Sur argentino y a las diferentes zonas de Buenos Aires.
Uno de los ejes más destacables de la novela son las relaciones familiares. Andrea aborda con sensibilidad las dinámicas entre padres e hijos, y también entre hermanos, mundos tan universales como complejamente particulares. Aquí no hay soluciones mágicas ni giros abruptos que rompan la credibilidad. Aquí no tienen lugar esos personajes que pasan de odiarse a amarse en segundos; por el contrario, cada conflicto tiene una historia previa, una carga emocional palpable que le da profundidad y realismo al relato. ¿Cómo no iban a surgir tensiones en un reencuentro familiar treinta años después? Este es otro de los aciertos de la autora: comprender y compartir que la complejidad de estas relaciones no se resuelve de manera instantánea.
Otro ingrediente importante, aunque más sutil, es el papel de la amistad. Aunque no ocupa un lugar protagónico, su influencia atraviesa la trama, mostrando cómo las amistades verdaderas pueden sostenernos en los momentos difíciles. Pienso en la pediatra que ayuda a Trinidad en el Sur, en el amigo de Susana Marcó con quien parte diversas experiencias, o incluso en esas complicidades familiares que, por un instante, dejan de lado las responsabilidades del deber ser para apoyar a una Trini joven, frágil y exiliada.
Un aspecto que resuena profundamente es la valentía de regresar a esos lugares que alguna vez fueron escenario del dolor. Lugares que, en algún momento, nos hicieron huir rápidamente y convencernos de que jamás sería seguro volver. Para mí, esta novela es también una invitación a enfrentar esos recuerdos incompletos, esas historias distorsionadas por el tiempo y el miedo. Volver no es fácil, pero quizás al hacerlo encontramos piezas faltantes de un rompecabezas que creíamos terminado. Porque, a veces, vivir una vida más plena implica recuperar esos fragmentos perdidos.
Ojalá todos tengamos, como Trinidad, una familia o unos amigos que nos acompañen en ese viaje hacia las tierras extrañas del pasado. Porque, aunque parezcan desconocidas, esas piezas olvidadas pueden ser claves para comprendernos mejor y abrazar nuestro presente con mayor libertad.
Valoración personal: 9.5 / 10
Es una obra que recomendaría a un familiar que ha sido lastimado en su pasado o a un amigo que haya experimentado una situación así de dolorosa como la de Trini, pero únicamente si cuenta con acompañamiento terapéutico de un profesional de la salud mental. Nunca sabemos qué infiernos podemos abrir al tocar heridas tan profundas como las que dejan quienes alguna vez amamos.
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