
Hoy es mi cumpleaños número 28. Creo firmemente que cada vez que cerramos un ciclo, es un tiempo obligado de reflexión. Para inaugurar esta nueva etapa, sentí que necesitaba volver a un refugio literario: «El mundo amarillo» de Albert Espinosa.
Sentí que esta relectura iba a facilitarme las herramientas para encarar la vida de otra manera: asumiendo las pérdidas —que según el autor, en realidad son ganancias— y abrazando las cicatrices que me fue dejando la vida.
Es curioso cómo llegué a este escritor. Primero conocí la serie «Pulseras Rojas». Era adolescente cuando la vi y fue durísimo. Me impactó ver esas vidas atravesadas por la enfermedad, las pérdidas, las decepciones y la negación. Me impactó porque, en el fondo, esa historia tenía mucho de mí.
Nunca terminé de procesar del todo el accidente que tuve cuando tenía casi dos años, donde me quemé el 17% del cuerpo. Crecí entre injertos de piel, cicatrices, bullying escolar y el descubrirme diferente al resto, no solo por lo físico, sino por lo que sentía. Por eso, leer a un hombre que cuenta que pasar 10 años con cáncer y perder una pierna no fue «malo», sino que le enseñó a vivir, me dio el consuelo de no sentirme solo en el sufrimiento.
Pero el descubrimiento más maravilloso del libro fue dar con el concepto de los «amarillos»: esas personas que llegan a la vida de uno para iluminarnos con su luz, para apoyarnos, para transformarnos. No son amantes, no son solo amigos; son caricias para el alma.
A lo largo del día de hoy, fui recibiendo mensajes de personitas maravillosas, de esos amarillos que llegaron a mi vida. Me ha conmovido sobremanera las palabras con las que me describían. Ojalá supieran —y pudiera hacerles entender— que son ellos los que han sanado mi corazón, los que me han dado fuerzas para seguir y fueron un soporte seguro cuando rendirme parecía la opción más viable. Hoy es un día para agradecerles.
He perdido tanto en la vida… hay cosas que incluso no tuve y ya me fueron quitadas o negadas. Pero sigo de pie, como lo hace Albert. Estoy convencido de que cada pérdida es, en definitiva, una ganancia, aunque uno no pueda verlo así en medio del dolor, de la enfermedad o de la decepción.
Hoy estoy aquí, abriendo mi corazón como lo hizo el autor el día que decidió que su historia podría ayudar a otros. Hoy mi cuerpo y mi sangre dan cuenta de una batalla enorme, inmensa, muchas veces contra mí mismo.
¿Pero saben qué? La guerra solo acaba cuando uno se rinde, cuando deja de confiar en la fuerza de su propio corazón. Y yo no estoy dispuesto a rendirme.
Es tan maravillosa esta aventura de la vida… Y si tal vez no llegue a dar con el éxito, la fama, el poder o el dinero —como muchos miden la felicidad—, puede que llegue a ser el «amarillo» de alguna persona. Y si logro eso, entonces ya me sentiré plenamente realizado.
Replica a lasdesventurasdeanita Cancelar la respuesta